EL NÚMERO DE TELEFONO
Mientras escuchaba a “The Cure” en mis audífonos en medio de la carretera en el bus rumbo a San José, la capital de Costa Rica, de pronto vi unos números en una barda: 978 51 62, curiosamente el número de teléfono de mi casa en México. Pasamos tan rápido que fue
hasta unos segundos después que entendí que era el número para negociar la venta de un terreno.
Al principio me pareció simpático solamente, una extraña coincidencia, pasaron un par de días estando ya en San José sin que yo pensara en eso, pero una noche
cuando estaba por dormirme, de pronto cruzo por mi mente esa rápida imagen del
numero de teléfono en medio de la carretera. En ese momento comenzó a invadirme
la curiosidad y un gran impulso por llamar a ese número solo para contarles la
extraña coincidencia, pero ya era tarde para marcar y después de analizarlo me
pareció hasta un poco absurdo. Qué me iban a decir del otro lado de la línea: que lindo niño tan observador, ya vete a dormir, o algo así.
Al siguiente día, la idea de marcar anduvo rondando por mi mente, hasta que por la tarde me decidí
a hacerlo. Lo tenía todo planeado iba a preguntar por la finca, disimuladamente
desviaría el tema para decirles sobre la coincidencia de los teléfonos,
esperaría que les causara gracia, quedaría de marcarles después, y esperaba con eso sentirme más tranquilo. Pedí el teléfono al señor donde me estaba
quedando y marque 9….7….8….5….1…6…2. El teléfono timbró un par de veces, en los cuales tengo que admitir que dude si colgar, hasta que se escuchó la voz de una señora
–Aló.- Hicimos los saludos y presentación de cortesía, le pregunte por la finca y cuando estaba a
punto de decirle sobre la increíble coincidencia, ella me interrumpió con un
fuerte grito: -¡David! ¡David! Deje le pregunto a mi esposo, él le dará
informes, no cuelgue. David te buscan, cuál es su nombre.- Yo algo confundido
le conteste que mi nombre era también David, en ese momento entendí que los gritos de David, con
los que me había interrumpido, no eran para mí.
Hable con quien resultó ser mi tocayo sobre la venta de su terreno y luego platique
sutilmente sobre el dato de los números telefónicos, lo que le pareció más que
gracioso. El creía en que las cosas siempre suceden por algo, tal como yo lo
creía también en mi interior. Cuando trate de cortar la conversación con un, está bien
pues voy a analizarlo y luego vuelvo a marcar, el otro David me contesto con un, -nada de
eso, independientemente de si hacemos negocios a mí me interesa conocer a alguien que se llame David y tenga el mismo
teléfono que yo, y más si es mexicano-.
Así que me invito a comer el almuerzo a su casa en San José, vivía relativamente cerca de donde yo
me estaba quedando; tomé un colectivo que me
costó 500 colones que me dejó justamente en la calle que estaba buscando, allí comencé a buscar el número 185. Cuando estaba por llegar, noté que justo arriba de la casa marcada con ese número, había un par de aves
carroñeras, buitres o zopilotes, de inmediato captaron mi atención, cuando ellas notaron mi presencia, me clavaron su mirada, lo cual me hizo sentir un largo escalofrío que lentamente bajo por mi espalda, no le alcance a dar mucha importancia, pues noté que no tenía timbre y que tenía que improvisar para hacer notar mi llegada, toqué con una moneda y casi de inmediato se asomó la
señora Raquel para abrirme. Don David veía el televisor, pero al ver mi presencia
de inmediato lo apago y se acercó conmigo, mientras platicaba con el señor, la señora Raquel fue a calentar la comida, un rico casado de pollo frito con un refresco de mango. En la mesa la charla fluyo de
una manera tan natural, donde no importo ni la diferencia de edades, ni el hecho de que
nunca antes no hubiéramos visto y mucho menos el que yo fuera mexicano y ellos
ticos, al contrario todo eso hizo la plática mucho más interesante y divertida. En
algún punto tuve que ser sincero para decirles que mi patrimonio estaba muy
lejos de poder pensar en comprar una
finca, que la verdad yo solo les había hablado porque la coincidencia
en los números me había asombrado y lo quería compartir con alguien, y que mejor que a las personas atrás de ese mismo número. El señor
David insistió que esas coincidencias y ese impulso que me había hecho hablarles tenía una razón de ser. Para mí, el haber compartido el almuerzo y tener una tarde tan
amena era razón suficiente para justificar lo de la coincidencia, pero a él no. El siguiente fin de semana Don David tenía que ir a revisar su terreno y quería que yo lo acompañará. Al final no encontré excusa para no ir, por lo que extendí un par de días mi estancia en San José con el fin de acompañarlo.
Así se llegó el sábado, temprano por la mañana partimos Don David y
yo en su auto. Me platico que ya tenía casi un año sin ir a sus
tierras, yo en verdad que no entendía por que estaba haciendo ese viaje. El camino duro poco más de dos horas, cuando estábamos por llegar, el paisaje
comenzó a llenarse de neblina, me impresiono como las altas montañas verdes poco a poco fueron quedando cobijadas por unas espesas nubes, no paso mucho tiempo, en cuanto bajamos un poco, que el panorama cambió, todavía seguía nublado, pero las montañas retomaron su color verde.
-Mire David, ya llegamos, pero que curioso la manta con el número ya no está.- dijo Don David. En efecto ya no estaba, parecía como si el aire hubiera rasgado el letrero. Cuando estábamos en la puerta del terreno, me baje a abrir la clásica puerta de alambre de púas amarrada a unos palos, para que pasara el coche. Cuando estaba cerrando la reja, noté que en la estructura del letrero se habían posicionado un par de aves, buitres o zopilotes, que me hicieron recordar el día que iba a la casa de Don David. Intente sacar mi celular para tomarles una foto pues me habían vuelto a impresionar, pero en menos de un parpadeo se fueron volado, camine a cerrar el portón y alcance a ver que los buitres habían volado allí cerca, ahora estaban postrados encima de una manta blanca. Intente acercarme para ver si esta vez tenía mejor suerte con la foto que quería, pero en cuanto sintieron mi presencia, salieron otra vez volando. Antes de volver con Don David, mi curiosidad me hizo volver hacia la manta para ver en que condiciones estaba, me acerque, al levantarla me di cuenta que el número de teléfono que allí venía era otro completamente distinto al mío. Se escucho el graznar de las aves carroñeras y volví a sentir un largo, pero lento, escalofrío recorriendo mi espina dorsal.
-Mire David, ya llegamos, pero que curioso la manta con el número ya no está.- dijo Don David. En efecto ya no estaba, parecía como si el aire hubiera rasgado el letrero. Cuando estábamos en la puerta del terreno, me baje a abrir la clásica puerta de alambre de púas amarrada a unos palos, para que pasara el coche. Cuando estaba cerrando la reja, noté que en la estructura del letrero se habían posicionado un par de aves, buitres o zopilotes, que me hicieron recordar el día que iba a la casa de Don David. Intente sacar mi celular para tomarles una foto pues me habían vuelto a impresionar, pero en menos de un parpadeo se fueron volado, camine a cerrar el portón y alcance a ver que los buitres habían volado allí cerca, ahora estaban postrados encima de una manta blanca. Intente acercarme para ver si esta vez tenía mejor suerte con la foto que quería, pero en cuanto sintieron mi presencia, salieron otra vez volando. Antes de volver con Don David, mi curiosidad me hizo volver hacia la manta para ver en que condiciones estaba, me acerque, al levantarla me di cuenta que el número de teléfono que allí venía era otro completamente distinto al mío. Se escucho el graznar de las aves carroñeras y volví a sentir un largo, pero lento, escalofrío recorriendo mi espina dorsal.
*Aquí les dejó un pequeño cuento
que surgió de la inspiración de los paisajes que vi en las carreteras de Costa
Rica.
Sábado 15 de Agosto 2015.
David Herrera Glz.

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